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martes, 2 de mayo de 2017

Apariciones de Fátima: Nuestra Señora del Rosario

Apariciones de Fátima: Nuestra Señora del Rosario

Una breve cronología sobre las apariciones de Fátima.
La historia de Fátima puede dividirse en tres grupos: las apariciones del Ángelen 1916, las apariciones de la Santísima Virgen María ocurridas desde mayo a octubre de 1917, y las apariciones adicionales en donde Nuestra Señora solicitó la Reparación de los Primeros Sábados.

Los Niños de Fátima

La historia de Fátima comienza realmente en el año 1916, cuando 3 niños: Lucía, una niña de 9 años, Francisco, un niño de 8 años y Jacinta, una niñita de 6 años, recibieron la visita de un Ángel como preparación para las apariciones de Nuestra Señora que tendrían lugar al año siguiente.

Respuesta de Nuestra Señora

El 13 de mayo de 1917, los niños desconocían la situación tan confusa en que se encontraba el mundo. No habían escuchado la voz de Benedicto XV, quien se había dirigido a la Madre de la Humanidad, pidiendo a la Santísima Virgen María que se dignara voltear su mirada al mundo lleno de lágrimas, que se compadeciera de los gemidos de los niños inocentes, de los llantos angustiados de las madres y esposas. Éste fue el día en que la Reina del Cielo había decidido responder a la súplica hecha por el santo Padre.
Alrededor del mediodía, los niños se sobresaltaron al observar un repentino relámpago. Mirando hacia arriba, no vieron ningún signo de que se avecinara una tormenta. El cielo nunca se había visto tan hermoso, ni el valle más apacible. Nuevamente, contemplaron otro resplandor.
Temiendo que los alcanzara una tormenta repentina, corrieron en dirección hacia la pequeña cueva. Cuando se dieron vuelta, se sorprendieron al ver a una dama muy hermosa parada sobre uno de los pequeños robles que se encontraba cerca. “No tengan miedo. No voy a hacerles daño”, dijo la hermosa dama. Sin sentir temor, Lucía le preguntó:
-¿De dónde es usted?
-Soy del Cielo.
-¿Yo iré al Cielo?
-Sí, irás.
Luego, pensando en sus compañeros, preguntó:
-Y, ¿Jacinta?
-¡También!
-Y, ¿Francisco?
-Sí, él también, pero tendrá que rezar muchos rosarios.
En efecto, Francisco se convirtió en una fuente de inspiración para los demás. Un día, las niñas estaban tan entretenidas jugando que se olvidaron de Francisco hasta que llegó la hora del almuerzo. “¡Francisco!”, le llamaron, “¿Estás listo para almorzar con nosotras?”. “No, no quiero almorzar”. Más tarde, le preguntaron qué estaba haciendo, “Pensaba en Nuestro Señor, quien está triste por tantos pecados. ¡Cómo desearía poder hacerlo feliz!”. En otra ocasión, lo llamaron para jugar y Francisco simplemente levantó en alto su rosario mostrándoselos. “¡Oh, reza después!”. “Ahora, y después también”, respondió el niño. “¿No recuerdan que Nuestra Señora dijo que tendría que rezar muchos rosarios?".

El Corazón Inmaculado de María

En junio, Nuestra Señora regresó otra vez. Pidió sacrificios diarios. Luego, abriendo sus manos, que habían permanecido hasta el momento juntas en oración, reveló su Inmaculado Corazón, rodeado de espinas, traspasado por una espada y sangrando. Aunque Nuestra Señora no mencionó nada acerca de su Corazón en esta ocasión, los niños comprendieron que estaba traspasado y sangrando por los pecados, y que Nuestra Señora quería reparación.

Una solemne advertencia

El 13 de julio, los niños volvieron a ver a Nuestra Señora. Esta vez, luego de repetir el mensaje de oración y sacrificio, abrió repentinamente sus manos, de las que parecían emanar grandes rayos de luz que traspasaban la tierra, la cual se abrió, revelando ante los ojos de estos inocentes niños el terrible abismo del infierno. Lucía nos cuenta, posteriormente, que vieron a las almas de los condenados siendo arrojadas como pequeñas chispas en un gran mar de fuego. Escucharon los llantos de dolor y remordimiento eternos, y pudieron distinguir a los demonios por las formas nauseabundas de animales desconocidos que habían tomado. 
“Han visto el infierno”, explicó Nuestra Señora, “a donde van las almas de los pobres pecadores. Para salvarlos, Dios quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado”.
Luego, en una síntesis aterradora, Nuestra Señora profetizó lo que le sucedería al mundo si los hombres no dejaban de ofender a Dios, y explicó cómo iba Dios a castigar al mundo entero por medio de la guerra, hambre, persecuciones a la Iglesia y al Santo Padre. “Vendré a pedir la consagración de Rusia a mi Corazón Inmaculado, y las Comuniones Reparadoras de los Primeros Sábados”.
También dijo que el castigo no acaecería si sus peticiones eran atendidas, pero amenazó con castigos adicionales si los hombres se negaban a escuchar:
Si atienden a mis peticiones, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, Rusia esparcirá sus errores por todo el mundo, promoviendo guerras y persecuciones a la Iglesia; los buenos serán martirizados, el Santo Padre sufrirá mucho, varias naciones serán aniquiladas”.
Después, añadió: “¡Al final, mi Corazón Inmaculado triunfará!”.
Nuestra Señora dijo a los niños una oración para que ellos la repitieran antes de hacer algún sacrificio: “Oh Jesús, es por Vuestro amor, por la conversión de los pecadores y en reparación de los pecados cometidos contra el Corazón Inmaculado de María”.
En agosto, Nuestra Señora volvió a mencionar el infierno, diciendo a los niños: “Recen mucho, y hagan sacrificios por los pecadores, pues hay muchas almas que van al infierno porque no tienen a nadie que rece ni que se sacrifique por ellas”.

Infierno y guerra

En las semanas siguientes, los niños no podían dejar de pensar en la terrible visión del infierno. La pequeña Jacinta solía sentarse y pensar en él durante largas horas. “¡Cuánto me duelen las almas que van al infierno… las personas que están ahí, vivas, quemándose como madera en el fuego. Lucía, ¿por qué va la gente al infierno?”. Lucía le respondía. “Jacinta, debes decirle a Nuestra Señora que le muestre el infierno a todo el mundo; así nadie volvería a pecar”.
Parece ser que Dios le otorgó a esta niñita un don especial de visión, abriendo sus ojos a muchas de las futuras calamidades del mundo.
En cierta ocasión, mientras los tres niños se encontraban sentados a la entrada de la Cueva de Cabeço, contemplando el valle debajo, Jacinta comenzó a llorar repentinamente: “¿No ven todas esas carreteras, caminos y campos llenos de gente que llora de hambre?”. En los últimos meses de su enfermedad, un día le dijo a Lucía:
Estaba pensando en los pecadores, y en la guerra que se avecina… Muchas vidas se perderán, y casi todas esas almas irán al infierno. Se destruirán muchas casas y muchos sacerdotes serán asesinados. Si los hombres dejaran de ofender a Dios, la guerra no llegaría y todas esas almas no irían al infierno”.
En muchas ocasiones, tuvo visiones del Santo Padre. Por ejemplo, un día mientras se encontraba descansando cerca del viejo pozo, les dijo a los otros niños:
Estaba arrodillado frente a una mesa con la cara entre sus manos, y estaba llorando. Había mucha gente afuera; algunos le lanzaban piedras, otros lo insultaban y le decían muchas palabras muy feas. ¡Qué lamentable! Debemos rezar por él".

Pequeños héroes

El 13 de agosto no hubo ninguna aparición porque el administrador de la localidad, quien también era el presidente del Concejo Municipal, había capturado y llevado a los pastorcitos a Vila Nova con la intención de forzarlos a revelar el secreto de los mensajes de la Virgen María.
Fueron encarcelados tanto en la prisión del distrito como en la municipal. Se les ofrecieron los regalos más valiosos a cambio de que revelaran el secreto. Los jóvenes visionarios respondieron: “No diremos el secreto ni aunque se nos diera a cambio el mundo entero”. Fueron llevados de vuelta a la cárcel. Los prisioneros les aconsejaron: “Digan el secreto al administrador. ¿Qué importa que esa Señora no quiera que lo digan?”. “¡Oh, no!”, respondió Jacinta con vivacidad, “¡Antes preferiría morir!”. Los tres niños rezaron el rosario junto con los prisioneros frente a una medalla que Jacinta colgó en la pared. El Administrador ordenó que se preparara una olla con aceite hirviendo. Amenazó a los niños, diciéndoles que serían echados en ella si no lo obedecían. Aunque los niños creyeron sus amenazas, no revelaron absolutamente nada.
El 15 de agosto, día en que se celebra la Fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen, fueron puestos en libertad y regresaron a Fátima.

Una gran señal

No es difícil imaginar que a medida que el relato de los acontecimientos de Fátima se extendió a los otros pueblos y localidades de Portugal, y llegó a otras partes de Europa, hubo muchos que se negaron a creer que Nuestra Señora se había aparecido al mundo en un lugar tan olvidado como Fátima.
Así que en septiembre de 1917, le dijo a los niños: “En octubre, realizaré un milagro para que todos crean”.

El Milagro de Fátima

A pesar de la lluvia y el lodo, los días previos al 13 de octubre, todos los caminos que llevaban a Fátima estaban atestados. Todos querían ver a la Santisima Virgen. Poco antes del mediodía, Nuestra Señora se apareció por última vez. Con los corazones rebosando de amor, los niños escucharon su último mensaje: “Deben enmendar sus vidas y pedir perdón por sus pecados. ¡Ya no ofendan más al Señor, Nuestro Dios, porque ya está muy ofendido!”.
A continuación, se pudo apreciar el gran milagro del sol, durante el cual éste adquirió un color rojo y comenzó a danzar por los cielos; incluso dejó el cielo y se arrojó hacia la multitud de más de 70,000 personas que contemplaban el acontecimiento con un asombro aterrador. Todos creyeron que había llegado el fin del mundo, y lloraban y gemían diciendo: “¡Virgen Santa, no nos lleves en pecado!”. Cuando el sol finalmente regresó a su lugar, todos los ahí presentes tenían la certeza de que el cielo había, en efecto, venido a la tierra. Se dirigieron a los niños de Fátima con esta pregunta: “¿Qué quiere Nuestra Señora que hagamos?”.

lunes, 24 de abril de 2017

Apariciones de Fátima: el Ángel de la Paz

Las apariciones del Ángel de la Paz, ocurridas hace 100 años, son un preludio y una preparación divina a las apariciones de Nuestra Señora en Fátima en 1917.
La historia de Fátima comienza realmente en el año 1916 cuando 3 niños: Lucía, de 9 años, Francisco, de 8 años y Jacinta, una niñita de 6 años, recibieron la visita de un Ángel en el valle de Cova de Iría, ubicado cerca del pueblo de Fátima, en Portugal. Aquel día fue igual a tantos otros en los que los niños llevaban a pastar a las ovejas de sus padres. En ese día particular, a principios de la primavera de 1916, comenzó a llover y los niños se apresuraron para llegar a las faldas del cerro, al sur del pueblo, y resguardarse dentro de una pequeña cueva natural, llamada Cabeço. Ahí continuaron con sus juegos, comieron sus almuerzos y, como era la costumbre en todo Portugal, se arrodillaron para rezar juntos el rosario.

El Ángel de la Paz

Antes de terminar el Rosario comenzaron a sentir un fuerte viento y, observando a su alrededor, descubrieron a lo lejos una extraña luz sobre el valle. Mientras la miraban, la luz se acercó más y más al lugar donde se encontraban arrodillados, hasta que, finalmente, llegó hasta la entrada de la pequeña cueva. Ahí, la luz tomó la forma de un joven de aproximadamente 15 años de edad. “¡No tengan miedo! Soy el Ángel de la Paz. Recen conmigo”.
Luego, postrándose el Ángel con su frente tocando la tierra, les dijo a los niños la siguiente oración:
Dios mío yo creo, adoro, espero y Os amo. Os pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no Os aman".
El Ángel repitió esta oración tres veces. “Recen de esta manera”, dijo el Ángel marchándose. “Los Corazones de Jesús y María están atentos a sus súplicas”.
Ese verano de 1916, el Ángel visitó a los niños en dos ocasiones más. La segunda vez llegó mientras jugaban cerca del viejo pozo que se encontraba detrás de la casa de Lucía. Repentinamente, y sin ninguna advertencia, se apareció y les preguntó: “¿Qué hacen? Recen, recen sin cesar. Ofrezcan oraciones y sacrificios al Todopoderoso”. Lucía, desconcertada por estas palabras, se atrevió a preguntar: “Pero, ¿cómo? ¿Cómo podemos sacrificarnos?”. A lo que el Ángel respondió:
En todo lo que hagan, ofrezcan un sacrificio a Dios para reparar los pecados con los que Él es ofendido… Ante todo, acepten y soporten con sumisión el sufrimiento que Dios les envíe”.
Más tarde ese mismo día, cuando se encontraban en el valle, las niñas le explicaron esto a Francisco, quien había visto al Ángel pero sin escuchar su voz. “Pero, ¿cómo podemos sufrir?", preguntó Francisco. “No estamos enfermos. Tenemos suficiente comida y un lugar donde vivir”.
Muy pronto comprendió el significado de las palabras del Ángel, cuando su hermano mayor se unió al ejército que luchaba en la Primera Guerra Mundial. Incluso la pequeña Jacinta, deprimida por las preocupaciones de su hogar y las historias de muerte en el campo de batalla, así como por los problemas que habían surgido en la familia de Lucía cuando su padre comenzó a gastar todo su dinero en vino, estiraba sus bracitos y clamaba: “Señor, te ofrecemos todos estos sufrimientos por la conversión de los pobres pecadores”.

Reparación

Hacia finales del verano, el Ángel se les apareció mientras los niños rezaban en aquel lugar en Cabeço. Sostenía entre sus manos un cáliz, y encima de éste, una Hostia sangrante. Arrodillándose, ofreció esta conmovedora oración:
Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, yo Os adoro profundamente y Os ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los tabernáculos del mundo, en reparación de los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que Él mismo es ofendido. Por los méritos infinitos de su Sacratísimo Corazón y por el Corazón Inmaculado de la Virgen María, Os pido la conversión de los pobres pecadores”.
Después, dándole la Hostia a Lucía, y el contenido del cáliz a Francisco y Jacinta, dijo:
Tomen y beban el Cuerpo y Sangre de Jesucristo, atrozmente ultrajado por los hombres ingratos. Hagan actos de reparación por sus crímenes y consuelen a su Dios”.
Esa fue la última vez que los niños vieron al Ángel de la Paz.
No hubo otros acontecimientos en los días “habituales” que siguieron. El verano terminó, llegó el invierno, y luego la primavera, trayendo consigo nueva vida, y todo el tiempo los niños albergaban en su corazón la esperanza de que la Creatura de Luz regresara a ellos.